
Me cuentan que te has ido, en paz y rodeado por los tuyos, a las cuatro y media de la tarde. ¡Faltaría más, Juan! No ibas a dejar este mundo sin escuchar la última hora del equipo de tus amores. La que cada día oías con atención en los programas de Manolo Morales, Pedro Alemán y Carlos Gonzalo.
Estoy seguro de que, a pesar de tu estado de inconsciencia, esperaste a que se apagasen los micrófonos de la tertulia de "Ser deportivos" para entregarle el alma al Padre.
Pero, conociéndote un poco, seguro que te has sido a regañadientes, sabedor de que lo que llevabas esperando más sesenta años está a punto de consumarse.
Te has perdido el broche a esta historia de amor tan bonita. Sí, Juan, la eterna luna de miel con tu Xerez del alma. La que te llevó a patearte España entera, en tu inolvidable Mercedes verde, detrás de una ilusión que, mira por donde, ahora va a cristalizar en el sueño más hermoso.
Me vienen a la memoria momentos, imágenes, lo habitual cuando te enteras de que alguien a quien aprecias se ha marchado para siempre. Recuerdo ahora tus inseparables pastillas para la tensión antes de los partidos; la última vez que mi querido Ramón Molina y tú, como miembros de la "Tertuia Xerecista" me invitásteis al sótano del Restaurante El Bosque para hablar de lo que más nos apasiona; de tus desvelos cuando más enconada estaba la cosa con Oliver y Gil Silgado -por eso te insistía que lo de ahora de Morales es el cuento de Caperucita-...
Si no tuviera el convencimiento de que esta vida es sólo un tránsito a otra mejor, te diría que te vas en el peor momento. Pero créeme, el abono definitivo que acabas de sacar no tiene desperdicio. Pregúntale si no, ahora que puedes, a Rafa Maraver o a Manolito Mesa.
Un abrazo y hasta siempre.